Nos
sentamos en un bar de Buenos Aires, así como vos y yo en este momento. Me contó
que estaba escribiendo un relato sobre espejos. Su discurso fue algo ambiguo y
misterioso, tan así que sentí como si el texto del que me hablaba se extendiera
más allá de sus páginas y llegara a sus labios creando la misma atmósfera que
había nublado su mente el día de la inspiración. Pude ir reconstruyéndolo casi
palabra por palabra. Fue muy descriptivo, y tengo la seguridad de que no olvidó
ni el más mínimo detalle; probablemente lo que faltara también estuviera
ausente en la narración original, a propósito.
La raíz
de ese tema de conversación fue muy significativa a mi parecer, pero cuando
quisimos rescatarla al terminar de contarme su cuento, no hallamos más que una
laguna. Fue recién en mi casa cuando lo recordé y, al instante, le mandé un
mensaje de texto: “¡Hablábamos del terror psicológico! De eso hablábamos cuando
me empezaste a relatar tu historia”.
Como
dije, el cuento era muy ambiguo. Trataré de ser lo más fiel posible a la idea,
aunque es sabido que las palabras utilizadas pueden ser violadas si se utilizan
sinónimos para expresarlas. Un hombre comenzaba hablando de manera
meta-literaria sobre su propia narración. Decía que quería escribir sobre espejos, mas tenía una extraña sensación de
que el tema no había surgido en su mente naturalmente, como si se tratara de un
tema que había echado raíces en otro lugar y hubiera dado frutos tan potentes que los mismos se
hubieran echado a volar hasta llegar a él, al que ahora nos hablaba. Sentía que
otro hombre estaba hablando de lo mismo en ese mismo momento en el otro lado
del mundo… o tal vez muy cerca de él. Y ese otro hombre portaba una figura muy
singular, a tal extremo que no la podía describir. En el fondo sabía cómo era,
cómo se vestía, cómo vivía su vida, pero debía escarbar muy a fondo para reconocerlo.
Así
comenzó a describir su relato sobre los espejos. Le gustaba escribir a máquina,
pero para poder asimilar la naturaleza de esta historia tomó lápiz y papel y se
sentó frente a su espejo. Parecía todo planeado, pues los renglones se fueron
dibujando en menos tiempo del que luego llevaría a cualquiera leerlo, y no sólo
por la dificultad que conllevara aquella lectura. Cada tanto miraba de reojo su
reflejo y copiaba ciertas descripciones del análisis de lo que veía. La mano se
le estaba ya cansando de la fuerza que imprimía en cada palabra, la hoja estaba
a punto de prenderse fuego al contacto con la madera que se fundía como por
arte de magia en aquel papel formando las siluetas que él ni siquiera esperaba
en ese cuento, en su cuento. Pero una secuencia repentina lo refrenó: en una de
sus miradas al espejo se guiñó un ojo a sí mismo, y se detuvo al
contemplar algo a lo que no había
prestado atención nunca antes. Él siempre guiñaba su ojo derecho, pero el
reflejo cerró el izquierdo. Era algo que ya sabía pero nunca se había puesto a
pensar detenidamente. El espejo siempre muestra todo, absolutamente todo, al
revez. Se dio cuenta de que el hombre que lo había inspirado había estado o
estaba hablando de lo mismo. Y otra escena seguida lo maravilló aún más: creyó
ver que un movimiento que él no hacía se producía en el cuerpo sin vida que
estaba observando frente a sí. No estaba seguro de estar en lo correcto, pero aquel
ser inorgánico parecía estar pugnando por salir del espejo, por transformar su silueta bidimensional en un
relieve con ánima propia. Quiso seguir escribiendo pero no pudo, algo se lo
impedía; esto no nos debe parecer raro, pues muchas veces, cuando la realidad
se nos presenta en su esencia más verdadera, nos quedamos atónitos, como seres
finitos que somos, incapaces de revelar a otro ser humano lo que hemos
presenciado, a gran pesar nuestro. Quizás, aunque alguna vez algún filósofo
experimente o haya experimentado una vivencia que le revele la respuesta final
a los infinitos interrogantes de su estudio, no pueda nunca expresarla al resto
de la humanidad. Esta exacta sensación lo atravesó a él, a este narrador que
cesó su relato, el cual tal vez, en su forma última, contenga alguna huella que
sugiera este repentino cesar de la escritura y que el lector pueda sospechar en
su lectura. De este tipo son los grandes misterios que encierra la literatura
cuando los interlocutores de la situación comunicativa quedan inmersos en una
duda que nos hace hipotetizar a nosotros, a los críticos, profesionales y no
profesionales.
Por
suerte, el cuento prosiguió. Un bache quedó impreso entre el punto y
aparte y la mayúscula de la nueva
oración, ahí donde el espacio vacío del renglón de arriba y la sangría del de
abajo se unen en un lapso de tiempo que establecen en común acuerdo el escritor
y el lector. Por las dudas, no volvió a mirar el espejo hasta que redactó el
desenlace. Las líneas finales fueron un agradecimiento al lejano ser que
seguramente continuaba aun su relato, por haber compartido tan hermosa idea.
Pero en su mente quedó un fiel agradecimiento a ese otro alguien que siempre estuvo allí, frente a él,
y que por primera vez le había hablado para guiarlo. Se arrepintió un poco de
su miedo posterior a la extraña secuencia, con
el cual no quiso volver a escuchar la voz que se pronunciaba con
estrépito. Un temor impiadoso lo agobió; un temor que quizá, de no hacerse ver,
de haberlo superado, no hubiera dejado tantas dudas en el medio. O tal vez no
fue temor. Tal vez, sólo tal vez, quiso delegar el verdadero sentido a la duda
y al misterio.