miércoles, 9 de abril de 2014



                Nos sentamos en un bar de Buenos Aires, así como vos y yo en este momento. Me contó que estaba escribiendo un relato sobre espejos. Su discurso fue algo ambiguo y misterioso, tan así que sentí como si el texto del que me hablaba se extendiera más allá de sus páginas y llegara a sus labios creando la misma atmósfera que había nublado su mente el día de la inspiración. Pude ir reconstruyéndolo casi palabra por palabra. Fue muy descriptivo, y tengo la seguridad de que no olvidó ni el más mínimo detalle; probablemente lo que faltara también estuviera ausente en la narración original, a propósito.
                La raíz de ese tema de conversación fue muy significativa a mi parecer, pero cuando quisimos rescatarla al terminar de contarme su cuento, no hallamos más que una laguna. Fue recién en mi casa cuando lo recordé y, al instante, le mandé un mensaje de texto: “¡Hablábamos del terror psicológico! De eso hablábamos cuando me empezaste a relatar tu historia”.
                Como dije, el cuento era muy ambiguo. Trataré de ser lo más fiel posible a la idea, aunque es sabido que las palabras utilizadas pueden ser violadas si se utilizan sinónimos para expresarlas. Un hombre comenzaba hablando de manera meta-literaria sobre su propia narración. Decía que quería escribir sobre  espejos, mas tenía una extraña sensación de que el tema no había surgido en su mente naturalmente, como si se tratara de un tema que había echado raíces en otro lugar y hubiera  dado frutos tan potentes que los mismos se hubieran echado a volar hasta llegar a él, al que ahora nos hablaba. Sentía que otro hombre estaba hablando de lo mismo en ese mismo momento en el otro lado del mundo… o tal vez muy cerca de él. Y ese otro hombre portaba una figura muy singular, a tal extremo que no la podía describir. En el fondo sabía cómo era, cómo se vestía, cómo vivía su vida, pero debía escarbar muy a fondo para reconocerlo.
                Así comenzó a describir su relato sobre los espejos. Le gustaba escribir a máquina, pero para poder asimilar la naturaleza de esta historia tomó lápiz y papel y se sentó frente a su espejo. Parecía todo planeado, pues los renglones se fueron dibujando en menos tiempo del que luego llevaría a cualquiera leerlo, y no sólo por la dificultad que conllevara aquella lectura. Cada tanto miraba de reojo su reflejo y copiaba ciertas descripciones del análisis de lo que veía. La mano se le estaba ya cansando de la fuerza que imprimía en cada palabra, la hoja estaba a punto de prenderse fuego al contacto con la madera que se fundía como por arte de magia en aquel papel formando las siluetas que él ni siquiera esperaba en ese cuento, en su cuento. Pero una secuencia repentina lo refrenó: en una de sus miradas al espejo se guiñó un ojo a sí mismo, y se detuvo al contemplar  algo a lo que no había prestado atención nunca antes. Él siempre guiñaba su ojo derecho, pero el reflejo cerró el izquierdo. Era algo que ya sabía pero nunca se había puesto a pensar detenidamente. El espejo siempre muestra todo, absolutamente todo, al revez. Se dio cuenta de que el hombre que lo había inspirado había estado o estaba hablando de lo mismo. Y otra escena seguida lo maravilló aún más: creyó ver que un movimiento que él no hacía se producía en el cuerpo sin vida que estaba observando frente a sí. No estaba seguro de estar en lo correcto, pero aquel ser inorgánico parecía estar pugnando por salir del espejo, por  transformar su silueta bidimensional en un relieve con ánima propia. Quiso seguir escribiendo pero no pudo, algo se lo impedía; esto no nos debe parecer raro, pues muchas veces, cuando la realidad se nos presenta en su esencia más verdadera, nos quedamos atónitos, como seres finitos que somos, incapaces de revelar a otro ser humano lo que hemos presenciado, a gran pesar nuestro. Quizás, aunque alguna vez algún filósofo experimente o haya experimentado una vivencia que le revele la respuesta final a los infinitos interrogantes de su estudio, no pueda nunca expresarla al resto de la humanidad. Esta exacta sensación lo atravesó a él, a este narrador que cesó su relato, el cual tal vez, en su forma última, contenga alguna huella que sugiera este repentino cesar de la escritura y que el lector pueda sospechar en su lectura. De este tipo son los grandes misterios que encierra la literatura cuando los interlocutores de la situación comunicativa quedan inmersos en una duda que nos hace hipotetizar a nosotros, a los críticos, profesionales y no profesionales.
                Por suerte, el cuento prosiguió. Un bache quedó impreso entre el punto y aparte  y la mayúscula de la nueva oración, ahí donde el espacio vacío del renglón de arriba y la sangría del de abajo se unen en un lapso de tiempo que establecen en común acuerdo el escritor y el lector. Por las dudas, no volvió a mirar el espejo hasta que redactó el desenlace. Las líneas finales fueron un agradecimiento al lejano ser que seguramente continuaba aun su relato, por haber compartido tan hermosa idea. Pero en su mente quedó un fiel agradecimiento a ese otro  alguien que siempre estuvo allí, frente a él, y que por primera vez le había hablado para guiarlo. Se arrepintió un poco de su miedo posterior a la extraña secuencia, con  el cual no quiso volver a escuchar la voz que se pronunciaba con estrépito. Un temor impiadoso lo agobió; un temor que quizá, de no hacerse ver, de haberlo superado, no hubiera dejado tantas dudas en el medio. O tal vez no fue temor. Tal vez, sólo tal vez, quiso delegar el verdadero sentido a la duda y al misterio.