Hola, Jésica:
Después
de intensas reflexiones, he decidido
hablarte. No encontrarás mi nombre al final de esta carta, puesto que no soy de
esos que creen que los nombres de las personas pueden definir sus personalidades. Creo
más bien que los identificamos con los respectivos portadores que hemos
conocido, atribuyéndoles pues a los pobres “sustantivos propios”
características “propias” de esas personas. Por lo tanto, prefiero no influir
en tu juicio sobre mí dándote a conocer el título bajo el que supuestamente se
resume mi historia.
Por
otro lado, no me interesa hablar de mí. Te escribo para hablarte de él. Y por “él”
me refiero a tu ex. Últimamente me ha estado frecuentando. No es alguien que me
caiga liviano, podría decirse. Y él lo sabe muy bien, ya se lo he dicho.
Me
ha estado pidiendo que lo ayude a volver con vos, que te “recuerde” lo
maravilloso que es, que te explique por qué hizo determinadas cosas, que te
diga que sabe que se equivocó mucho. En síntesis, que te seduzca para él.
La
verdad es que no puedo hacerlo. Sé lo mucho que te ha hecho sufrir. Es un ser
nocivo para vos, y mi petición personal es que no dejes que te atrape con sus
falsas promesas. Aunque, debo admitir, hay algo más que me impide hacer lo que
él quiere.
La
última vez que lo vi fue el sábado por la noche. Venía de realizar mi paseo
nocturno y se me apareció cuando estaba por llegar a la puerta de casa. Me invitó
a salir, argumentando que conocía un lugar muy bueno a donde iban minas
hermosas. No me interesaba en lo absoluto asistir a un evento de ese estilo,
pero insistió tanto que decidí acompañarlo.
Allí
conocí a una tal Verónica, una chica morocha, de ojos pequeños, labios gruesos,
delgada y bastante alta. Me la presentó y al poco tiempo de hablar entre los
tres, me propuso hacer un trío. Me negué
rotundamente, asqueado por la idea. No me desagradó tanto la imagen de estar
los tres en una misma cama, como la de compartir esa cama con él. Y, sumado a
eso, me resulta horrible ese libertinaje
que domina su vida. Me retiré del lugar sin decir una palabra más. Sabía
que él deseaba quedarse, y en un instante en que me volví para ver lo que se
proponía pude contemplar la mirada de la chica, incrédula por mi repentina
huida.
Mientras
desandaba el camino hecho hacia el boliche, me asaltó de pronto una extraña
sensación. Comencé a hilvanar ideas para descifrar lo que me estaba sucediendo.
El primer nudo fue pensar en vos. Te conozco desde hace mucho tiempo. Sin embargo,
vos no me conocés aun. Sé que si lo hicieras, encontrarías en mí una persona
digna con quien compartir buenos momentos. El segundo nudo fue lo que pasaste
con tu ex. Lamentablemente lo conociste antes que a mí (y tal vez nunca me
conozcas). No me considero un sabio como para contradecir al destino, pero sí me
creo en el derecho de expresar mi angustioso sentimiento de que esta vez se
equivocó. Entre vueltas y vueltas, me di cuenta de lo que me pasaba: estoy
enamorado de vos.
No
creí que esto pudiera llegar a pasar. Entendía muy bien que ese otro idiota se
haya “enganchado”. En realidad, nunca te amó. Solo encontraba en vos alguien en
quien podía sostener su oculta
fragilidad, alguien que lo bancaba siempre sin reprocharle nada. Mientras compartía
con vos todas sus miserias, desparramaba ante infinidad de otras muchachas
todas sus “virtudes”. En vos se apoyaba para no caer. Con las demás se
divertía. Y al final, la más perjudicada
eras vos.
En
cambio, nunca imaginé que yo podría amarte tan profundamente. Y lo peor es que
es poco probable que una relación entre nosotros pueda llegar a ser beneficiosa
para ambos. Pero sobre todo, para vos. También para esto tengo dos grandes
motivos.
Por
un lado, si yo me acercara, estaría estableciendo un puente entre ustedes. Por
desgracia, es demasiado cercano en mi vida como para evitar esto. En general lo
veo los fines de semana. Los días laborales me deja, por suerte, bastante en
paz. Tan solo alguna que otra vez hace acto de presencia en el trabajo. Intenta
convencerme de alguna cosa, ya sea de salir el fin de semana próximo o de
hablar con vos para reconciliarlos. Luego de una larga insistencia, desiste al
ver mi rotunda negativa y se va.
Por
el otro, ese puente que estaría creando sería el abismo en el que fácilmente
caería yo si el vínculo entre nosotros dos se concretase. Inmediatamente su
espíritu se haría ver y trataría de conquistarte incesantemente. Se generaría
un triángulo amoroso en el que la más perjudicada serías nuevamente vos. En
algún momento de esa historia yo desaparecería de tu vida y nuevamente se apoderaría
de todo tu ser. No me malentiendas, no creo que seas de su misma calaña. Es él
el que jugaría con vos. Y hasta quizás me arrastraría a mí al mismo juego.
En
fin. Estas líneas que te envío son en parte de desahogo, en parte de
advertencia. Te lo vuelvo a pedir: por favor, no te dejes engañar. Ya llegará
alguien que sea para vos. Ni él ni yo lo somos.
P.D.: Esta carta la escribí hace unos días.
No me animé a mandártela hasta este momento, en el cual la urgencia me apremia.
Hoy mismo se me apareció en casa tu ex y la halló. Por suerte, no la destruyó,
contrario a lo que pensé cuando la vi en sus manos. De hecho, la dejó justo
donde la vio guardada. No sé qué estará tramando ahora que conoce mi intención.
Lo único que me dijo fue: “¿Por qué no la escribiste en primera persona?”. Esa pregunta
me dejó pensando por algunas horas, resonando como un martillo que está a punto
de romper una rígida superficie. Quizá la respuesta sea que ya no me siento la
misma persona que era antes.