miércoles, 8 de octubre de 2014

Advertencia



Hola, Jésica:

                        Después de intensas reflexiones, he  decidido hablarte. No encontrarás mi nombre al final de esta carta, puesto que no soy de esos que creen que los nombres de las personas pueden definir sus personalidades. Creo más bien que los identificamos con los respectivos portadores que hemos conocido, atribuyéndoles pues a los pobres “sustantivos propios” características “propias” de esas personas. Por lo tanto, prefiero no influir en tu juicio sobre mí dándote a conocer el título bajo el que supuestamente se resume mi historia.
                        Por otro lado, no me interesa hablar de mí. Te escribo para hablarte de él. Y por “él” me refiero a tu ex. Últimamente me ha estado frecuentando. No es alguien que me caiga liviano, podría decirse. Y él lo sabe muy bien, ya se lo he dicho.
                        Me ha estado pidiendo que lo ayude a volver con vos, que te “recuerde” lo maravilloso que es, que te explique por qué hizo determinadas cosas, que te diga que sabe que se equivocó mucho. En síntesis, que te seduzca para él.
                        La verdad es que no puedo hacerlo. Sé lo mucho que te ha hecho sufrir. Es un ser nocivo para vos, y mi petición personal es que no dejes que te atrape con sus falsas promesas. Aunque, debo admitir, hay algo más que me impide hacer lo que él quiere.
                        La última vez que lo vi fue el sábado por la noche. Venía de realizar mi paseo nocturno y se me apareció cuando estaba por llegar a la puerta de casa. Me invitó a salir, argumentando que conocía un lugar muy bueno a donde iban minas hermosas. No me interesaba en lo absoluto asistir a un evento de ese estilo, pero insistió tanto que decidí acompañarlo.
                        Allí conocí a una tal Verónica, una chica morocha, de ojos pequeños, labios gruesos, delgada y bastante alta. Me la presentó y al poco tiempo de hablar entre los tres, me propuso hacer  un trío. Me negué rotundamente, asqueado por la idea. No me desagradó tanto la imagen de estar los tres en una misma cama, como la de compartir esa cama con él. Y, sumado a eso, me resulta horrible ese libertinaje  que domina su vida. Me retiré del lugar sin decir una palabra más. Sabía que él deseaba quedarse, y en un instante en que me volví para ver lo que se proponía pude contemplar la mirada de la chica, incrédula por mi repentina huida.
                        Mientras desandaba el camino hecho hacia el boliche, me asaltó de pronto una extraña sensación. Comencé a hilvanar ideas para descifrar lo que me estaba sucediendo. El primer nudo fue pensar en vos. Te conozco desde hace mucho tiempo. Sin embargo, vos no me conocés aun. Sé que si lo hicieras, encontrarías en mí una persona digna con quien compartir buenos momentos. El segundo nudo fue lo que pasaste con tu ex. Lamentablemente lo conociste antes que a mí (y tal vez nunca me conozcas). No me considero un sabio como para contradecir al destino, pero sí me creo en el derecho de expresar mi angustioso sentimiento de que esta vez se equivocó. Entre vueltas y vueltas, me di cuenta de lo que me pasaba: estoy enamorado de vos.
                        No creí que esto pudiera llegar a pasar. Entendía muy bien que ese otro idiota se haya “enganchado”. En realidad, nunca te amó. Solo encontraba en vos alguien en quien podía  sostener su oculta fragilidad, alguien que lo bancaba siempre sin reprocharle nada. Mientras compartía con vos todas sus miserias, desparramaba ante infinidad de otras muchachas todas sus “virtudes”. En vos se apoyaba para no caer. Con las demás se divertía. Y al final, la  más perjudicada eras vos.
                        En cambio, nunca imaginé que yo podría amarte tan profundamente. Y lo peor es que es poco probable que una relación entre nosotros pueda llegar a ser beneficiosa para ambos. Pero sobre todo, para vos. También para esto tengo dos grandes motivos.
                        Por un lado, si yo me acercara, estaría estableciendo un puente entre ustedes. Por desgracia, es demasiado cercano en mi vida como para evitar esto. En general lo veo los fines de semana. Los días laborales me deja, por suerte, bastante en paz. Tan solo alguna que otra vez hace acto de presencia en el trabajo. Intenta convencerme de alguna cosa, ya sea de salir el fin de semana próximo o de hablar con vos para reconciliarlos. Luego de una larga insistencia, desiste al ver mi rotunda negativa y se va.
                        Por el otro, ese puente que estaría creando sería el abismo en el que fácilmente caería yo si el vínculo entre nosotros dos se concretase. Inmediatamente su espíritu se haría ver y trataría de conquistarte incesantemente. Se generaría un triángulo amoroso en el que la más perjudicada serías nuevamente vos. En algún momento de esa historia yo desaparecería de tu vida y nuevamente se apoderaría de todo tu ser. No me malentiendas, no creo que seas de su misma calaña. Es él el que jugaría con vos. Y hasta quizás me arrastraría a mí al mismo juego.
                        En fin. Estas líneas que te envío son en parte de desahogo, en parte de advertencia. Te lo vuelvo a pedir: por favor, no te dejes engañar. Ya llegará alguien que sea para vos. Ni él ni yo lo somos.

P.D.: Esta carta la escribí hace unos días. No me animé a mandártela hasta este momento, en el cual la urgencia me apremia. Hoy mismo se me apareció en casa tu ex y la halló. Por suerte, no la destruyó, contrario a lo que pensé cuando la vi en sus manos. De hecho, la dejó justo donde la vio guardada. No sé qué estará tramando ahora que conoce mi intención. Lo único que me dijo fue: “¿Por qué no la escribiste en primera persona?”. Esa pregunta me dejó pensando por algunas horas, resonando como un martillo que está a punto de romper una rígida superficie. Quizá la respuesta sea que ya no me siento la misma persona que era antes.  

lunes, 25 de agosto de 2014

La punta de un paraguas





                Estaba sentado en uno de los asientos dobles de la línea ciento treinta y dos. Venía leyendo La insoportable levedad del ser y cada tanto echaba un vistazo a la gente que circulaba en el colectivo. Milan Kundera citaba a Nietszche bajo el pretexto de su idea del eterno retorno y yo sentía un cosquilleo inquietante al imaginarla hecha realidad. Una mujer se sentó en un banco de la fila izquierda y entonces llamó mi atención un objeto a sus pies. Creyendo que se le habría caído a ella, le pregunte si eso era suyo. Me contestó que no con amabilidad y volví a la lectura. Me costaba  trabajo concentrarme, y más con ese objeto girando y girando en el asiento de la muchacha. Contemplé su forma de cono detenidamente. Lo observé por un largo rato, observé cómo giraba por el piso formando círculos. Iba y venía. Seguía siempre el mismo trayecto. Me puse a pensar en ese detalle de la forma. Si hubiera sido igual de ancho en sus dos extremos, el objeto (que ahora ya podía identificar con claridad: era la punta de un paraguas) giraría en línea recta. Seguramente ya no estaría ahí en el momento en que yo posé mi vista en ese asiento. Quizá estaría justo debajo de mí y no podría haberlo visto. Seguía mirándolo y pensaba que nunca cambiaría de lugar. Había marcado ya su territorio; ése era su lugar, el asiento donde se sentó la muchacha. Quizá sí fuera de ella, quizá no se había dado cuenta de que era la punta de un paraguas y que podía ser el suyo. Como si leyera mis pensamientos, me miró y aclaró que no usaba paraguas. Me dijo que le parecía una ridiculez, que la lluvia solo se trata de agua. “Me recuerda a esa frase que circulaba en Facebook, la de Bob Marley”. Entendí al instante lo que quería decir. Le respondí: “Dices que te gusta la lluvia, pero usas paraguas cada vez que llueve”. Me sonrió y añadió: “Por eso tengo miedo cuando dices que me amas”. Me contó una anécdota algo graciosa. No pudo terminarla porque llegó a su parada. Se bajó y me quedé con su historia en una mano y el libro en la otra. Pero su historia no la tenía completa. Decidí entonces volver a mi libro. Mas la punta del paraguas no quería irse. Era obstinada, había hecho su nido en el asiento que previamente había usado la chica y ahora se asentaba también en mi mente. Daba vueltas entre mis ideas y, casi sin darme cuenta, mis ideas giraban detrás suyo. Siempre me he mareado en los colectivos, pero nunca como esta vez. De pronto tuve la sensación de que la idea del eterno retorno se hacía realidad en esta simple historia, la historia de la punta de un paraguas. Todo daba vueltas y volvía a comenzar. La punta del paraguas. La lectura del libro (que me costaba entender y debía volver a empezar cada párrafo  una y otra vez). La gente subía y luego bajaba. Y muchos de ellos subían y bajaban cada día. Como yo. Por suerte alguien se apiadó alguna vez de la gente común y dispuso los fines de semana. Al menos tenemos un descanso para estos casi incesantes retornos. Como la sangre  que circula en mis venas, la gente merodeaba por el colectivo cual glóbulos de este organismo de cuatro ruedas. Y yo me sentí insignificante incluso en la vida del colectivo. Él seguiría su rumbo hacia su destino y partiría en retorno hacia la otra estación, una y un millón de veces. Yo me bajaría en mi parada y tal vez no lo tocaría hasta dentro de semanas o meses. De pronto, el chofer apretó el freno y la inercia probó su efecto con las cabezas de los pasajeros. Un hombre estuvo a punto de caerse, pero logró aferrarse al caño al que estaba sujeto. Miré el asiento  de la muchacha, ahora ocupado por una señora bastante mayor. La punta del paraguas no estaba. Me paré para buscarla. La encontré cerca de la puerta del medio, la cual en ese momento se abrió para dejar bajar a un joven de unos veinte años aproximadamente. La punta del paraguas giró formando un ángulo de noventa grados y cayó. El joven se percató de la caída. Antes de que el bondi siguiera su ruta, pude ver como el chico la pateaba y ésta se metía por una boca de alcantarilla.

martes, 29 de julio de 2014

El patio del infierno



Hoy tuve un sueño muy extraño. Laburaba en una escuela. Era fin de semana, y yo fui a buscar algo (no sé qué). Pensé que iba a estar vacía, pero me encontré a un chico dentro. Y éste no era cualquier niño, era algo especial. Implícitamente yo ya tenía incorporado el panorama de la sociedad en que vivíamos: una sociedad llena de miedo, donde la mitad de las personas sentíamos constantemente el terror de encontrarnos con la otra mitad, integrada por sujetos desquiciados, dispuestos a matar en cualquier momento y lugar. Este chico era de ese tipo de personas. Intentó hacer de las suyas conmigo, pero de algún modo logré eludir sus artimañas. Pude escapar del colegio y me fui corriendo a mi casa.
Otro día, las autoridades de la ciudad decidieron tomar medidas por la situación. Construyeron un enorme edificio de infinidad de pisos donde mandaron a vivir a toda la población. Es curioso, en el mismo momento en que lo construían nos distribuían en los departamentos que según ellos correspondían a cada uno, con un método más curioso aun. A la parte de abajo mandaban a los “malos”, a los peligrosos. A la parte de arriba, a los “buenos”. Nos situaban en una plataforma de la planta baja y ésta iba subiendo mecánicamente, mientras una solapa se desprendía del suelo cuando llegábamos a un determinado piso y empujaba a cuatro o cinco individuos dentro de la habitación. Nadie sabía qué lugar se le había asignado, y todos deseábamos fervorosamente seguir subiendo indefinidamente, pues sabíamos lo que esperaba a los que habitarían los pisos inferiores: tratos inhumanos, comidas espantosas que estarían obligados a ingerir, trabajos forzosos y más.
A mí y a mi familia nos tocó una de las habitaciones de arriba. El lugar era hermoso: en las paredes podíamos encontrar todo lo que quisiéramos, desde alimentos hasta libros y entretenimientos. Para cada uno de estos pisos  se había preparado el paisaje de un enorme prado que se  podía contemplar desde un balcón bellísimo. Parecía el lugar ideal.
Pero había dos problemas.
Por un lado, debíamos vivir casi aislados del resto del mundo. La sensación era una mezcla entre la melancolía de perder el contacto con la gente que no formaba parte de tu familia mas sí de tus seres queridos y la angustia de pensar en lo que les estaría pasando a los que vivían debajo. El único momento en que podíamos tener contacto con el mundo exterior era cuando salíamos a trabajar (aun debíamos trabajar para mantener al país). Y ese momento constituía el punto más tenebroso del sueño. Cuando uno salía, se podía encontrar con cualquier hombre o mujer, incluso con los castigados. Pero claro, ahora no eran los mismos de antes. Eran todavía peor. Las atrocidades a que estaban expuestos en sus “hogares” los habían convertido en seres ya no desquiciados, sino absolutamente monstruosos. Eran capaces de cualquier cosa. Cada día nuevo se  presentaba como una nueva odisea a comenzar. Las calles tomaban la forma de un patio inmenso en el que uno podía cruzarse con cualquier clase de vecinos que quizá nunca en la vida


había visto. Todo el mundo se concentraba en ese edificio, todo el mundo se dispersaba por el mismo patio.
La sensación al despertarme fue casi tan extraña como el sueño. Por un lado percibí el alivio de ver que fue solo una pesadilla. Por otro, la angustia como huella de las sensaciones que me provocó. Cuando se lo conté a mi vieja, me dijo algo muy interesante respecto al edificio.
-El cielo y el infierno – su sonrisa sugería más que sus palabras.
-Qué raro – contesté –. Hasta ahora pensé que retrataba la vida real.

miércoles, 9 de abril de 2014



                Nos sentamos en un bar de Buenos Aires, así como vos y yo en este momento. Me contó que estaba escribiendo un relato sobre espejos. Su discurso fue algo ambiguo y misterioso, tan así que sentí como si el texto del que me hablaba se extendiera más allá de sus páginas y llegara a sus labios creando la misma atmósfera que había nublado su mente el día de la inspiración. Pude ir reconstruyéndolo casi palabra por palabra. Fue muy descriptivo, y tengo la seguridad de que no olvidó ni el más mínimo detalle; probablemente lo que faltara también estuviera ausente en la narración original, a propósito.
                La raíz de ese tema de conversación fue muy significativa a mi parecer, pero cuando quisimos rescatarla al terminar de contarme su cuento, no hallamos más que una laguna. Fue recién en mi casa cuando lo recordé y, al instante, le mandé un mensaje de texto: “¡Hablábamos del terror psicológico! De eso hablábamos cuando me empezaste a relatar tu historia”.
                Como dije, el cuento era muy ambiguo. Trataré de ser lo más fiel posible a la idea, aunque es sabido que las palabras utilizadas pueden ser violadas si se utilizan sinónimos para expresarlas. Un hombre comenzaba hablando de manera meta-literaria sobre su propia narración. Decía que quería escribir sobre  espejos, mas tenía una extraña sensación de que el tema no había surgido en su mente naturalmente, como si se tratara de un tema que había echado raíces en otro lugar y hubiera  dado frutos tan potentes que los mismos se hubieran echado a volar hasta llegar a él, al que ahora nos hablaba. Sentía que otro hombre estaba hablando de lo mismo en ese mismo momento en el otro lado del mundo… o tal vez muy cerca de él. Y ese otro hombre portaba una figura muy singular, a tal extremo que no la podía describir. En el fondo sabía cómo era, cómo se vestía, cómo vivía su vida, pero debía escarbar muy a fondo para reconocerlo.
                Así comenzó a describir su relato sobre los espejos. Le gustaba escribir a máquina, pero para poder asimilar la naturaleza de esta historia tomó lápiz y papel y se sentó frente a su espejo. Parecía todo planeado, pues los renglones se fueron dibujando en menos tiempo del que luego llevaría a cualquiera leerlo, y no sólo por la dificultad que conllevara aquella lectura. Cada tanto miraba de reojo su reflejo y copiaba ciertas descripciones del análisis de lo que veía. La mano se le estaba ya cansando de la fuerza que imprimía en cada palabra, la hoja estaba a punto de prenderse fuego al contacto con la madera que se fundía como por arte de magia en aquel papel formando las siluetas que él ni siquiera esperaba en ese cuento, en su cuento. Pero una secuencia repentina lo refrenó: en una de sus miradas al espejo se guiñó un ojo a sí mismo, y se detuvo al contemplar  algo a lo que no había prestado atención nunca antes. Él siempre guiñaba su ojo derecho, pero el reflejo cerró el izquierdo. Era algo que ya sabía pero nunca se había puesto a pensar detenidamente. El espejo siempre muestra todo, absolutamente todo, al revez. Se dio cuenta de que el hombre que lo había inspirado había estado o estaba hablando de lo mismo. Y otra escena seguida lo maravilló aún más: creyó ver que un movimiento que él no hacía se producía en el cuerpo sin vida que estaba observando frente a sí. No estaba seguro de estar en lo correcto, pero aquel ser inorgánico parecía estar pugnando por salir del espejo, por  transformar su silueta bidimensional en un relieve con ánima propia. Quiso seguir escribiendo pero no pudo, algo se lo impedía; esto no nos debe parecer raro, pues muchas veces, cuando la realidad se nos presenta en su esencia más verdadera, nos quedamos atónitos, como seres finitos que somos, incapaces de revelar a otro ser humano lo que hemos presenciado, a gran pesar nuestro. Quizás, aunque alguna vez algún filósofo experimente o haya experimentado una vivencia que le revele la respuesta final a los infinitos interrogantes de su estudio, no pueda nunca expresarla al resto de la humanidad. Esta exacta sensación lo atravesó a él, a este narrador que cesó su relato, el cual tal vez, en su forma última, contenga alguna huella que sugiera este repentino cesar de la escritura y que el lector pueda sospechar en su lectura. De este tipo son los grandes misterios que encierra la literatura cuando los interlocutores de la situación comunicativa quedan inmersos en una duda que nos hace hipotetizar a nosotros, a los críticos, profesionales y no profesionales.
                Por suerte, el cuento prosiguió. Un bache quedó impreso entre el punto y aparte  y la mayúscula de la nueva oración, ahí donde el espacio vacío del renglón de arriba y la sangría del de abajo se unen en un lapso de tiempo que establecen en común acuerdo el escritor y el lector. Por las dudas, no volvió a mirar el espejo hasta que redactó el desenlace. Las líneas finales fueron un agradecimiento al lejano ser que seguramente continuaba aun su relato, por haber compartido tan hermosa idea. Pero en su mente quedó un fiel agradecimiento a ese otro  alguien que siempre estuvo allí, frente a él, y que por primera vez le había hablado para guiarlo. Se arrepintió un poco de su miedo posterior a la extraña secuencia, con  el cual no quiso volver a escuchar la voz que se pronunciaba con estrépito. Un temor impiadoso lo agobió; un temor que quizá, de no hacerse ver, de haberlo superado, no hubiera dejado tantas dudas en el medio. O tal vez no fue temor. Tal vez, sólo tal vez, quiso delegar el verdadero sentido a la duda y al misterio.