¿Nos conocemos?

Voy arrastrando mis pasos sobre el cemento, con mi cuerpo cubierto por tres o cuatro capas de ropa. El Frío penetra en el interior de la primera capa, lucha con la segunda, pero a la tercera se queda ahí. Irritado, corre a buscar al Viento para encolerizar su ánimo con palabras morbosas, inmundas. Las siento llegar, siento la fuerza con la que se meten dentro mío, se enroscan entre mis entrañas y mi espíritu cede lugar retirándose súbitamente por mi espalda y provocándome unas extrañas cosquillas por todo el cuerpo. Pero entonces no sé si esta sensación es desagradable o, por el contrario, placentera. Me cuesta pensar por el frío, claro… pero tengo una leve sospecha de que hay algo que no está tan mal.

Vos aparecés ahí en la escena. Bah, si te parece. Aparecés ahí o un poco antes, o más tarde, como quieras, vos decidís; pero aparecés en un momento y es ahí cuando mi sospecha surge entre la cosecha que cosechan mi mente y mi corazón. Ahí donde uno dirige y el otro fuerza, donde uno gira y el otro en línea recta, formando un nudo justo en el centro, ahí, en la garganta. Vos serías el agua y yo el aceite. O yo el agua y vos el aceite. Bueno, aún no lo tengo muy definido.

Pasás por al lado mío y yo te miro, y te pregunto:

-¿Nos conocemos?

“No”, me respondés secamente. Tus pasos se alejan al tiempo que la soledad invade mi ser. Es verdad, no nos conocíamos. Me quedo sólo ahí donde estoy parado, los espejos se dan vuelta y ya ni a mí mismo me conozco, ni a mí mismo. Ni siquiera sé quién está hablando ahora en primera persona; no tengo a quién contar “mi” historia, “mi” historia no es escuchada… ¿mi historia existe?

Mas acá estoy de nuevo, en el mismo lugar que antes. Si fuiste hasta allá, en algún momento tenés que volver. Algo en el Aire me dice que la Lluvia está cerca. Alguien viene, y creo reconocer esa silueta a lo lejos. El Aire me lo dice, la Lluvia está cerca. Podría hacerle caso e irme, podría dejar que me aconseje. Pero hoy no quiero, hoy me quiero quedar, hoy quiero decidir yo. Ahora te veo mejor, ya estás más cerca. Te vuelvo a preguntar:

-¿Nos conocemos?

-No, flaco, ya te dije que no –contestás con irritación, casi con indignación.

-Ahora te equivocás.

Tus pies se quedan quietos y todo tu cuerpo los sigue, salvo la cabeza, que dirige los ojos hacia los míos. Tu rostro parece formar un signo de interrogación, o de sorpresa.

-Hace un rato no nos conocíamos, es verdad. Pero ya nos vimos, y nos dirigimos unas palabras. Por más corta que haya sido la conversación, nos comunicamos. Si querés podemos tomar un café, y nos conocemos mejor. Yo invito.

No sólo vos: el Frío, el Viento, el Aire y la Lluvia me observan atónitos. No creo haber dicho algo muy sorprendente. Todos me miran sin decir nada. Cómo calmó el Frío desde que te quedaste acá sin moverte. Cómo calmó el Viento y calló el Aire desde que tu serenidad se impuso ante el paso del Tiempo. Cómo cambió la Vida en el momento exacto en que decidimos pararnos acá y disfrutarlo, ser nosotros el momento. Pero aún no me contestaste… ¿Tomamos un café?

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