Estaba
sentado en uno de los asientos dobles de la línea ciento treinta y dos. Venía
leyendo La insoportable levedad del ser
y cada tanto echaba un vistazo a la gente que circulaba en el colectivo. Milan
Kundera citaba a Nietszche bajo el pretexto de su idea del eterno retorno y yo
sentía un cosquilleo inquietante al imaginarla hecha realidad. Una mujer se
sentó en un banco de la fila izquierda y entonces llamó mi atención un objeto a
sus pies. Creyendo que se le habría caído a ella, le pregunte si eso era suyo. Me contestó que no con amabilidad y volví a la lectura. Me
costaba trabajo concentrarme, y más con
ese objeto girando y girando en el asiento de la muchacha. Contemplé su forma
de cono detenidamente. Lo observé por un largo rato, observé cómo giraba por el
piso formando círculos. Iba y venía. Seguía siempre el mismo trayecto. Me puse
a pensar en ese detalle de la forma. Si hubiera sido igual de ancho en sus dos
extremos, el objeto (que ahora ya podía identificar con claridad: era la punta
de un paraguas) giraría en línea recta. Seguramente ya no estaría ahí en el
momento en que yo posé mi vista en ese asiento. Quizá estaría justo debajo de
mí y no podría haberlo visto. Seguía mirándolo y pensaba que nunca cambiaría de
lugar. Había marcado ya su territorio; ése era su lugar, el asiento donde se
sentó la muchacha. Quizá sí fuera de ella, quizá no se había dado cuenta de que
era la punta de un paraguas y que podía ser el suyo. Como si leyera mis
pensamientos, me miró y aclaró que no usaba paraguas. Me dijo que le parecía
una ridiculez, que la lluvia solo se trata de agua. “Me recuerda a esa frase
que circulaba en Facebook, la de Bob
Marley”. Entendí al instante lo que quería decir. Le respondí: “Dices que te gusta la lluvia, pero usas
paraguas cada vez que llueve”. Me sonrió y añadió: “Por eso tengo miedo cuando dices que me amas”. Me contó una
anécdota algo graciosa. No pudo terminarla porque llegó a su parada. Se bajó y
me quedé con su historia en una mano y el libro en la otra. Pero su historia no
la tenía completa. Decidí entonces volver a mi libro. Mas la punta del paraguas
no quería irse. Era obstinada, había hecho su nido en el asiento que
previamente había usado la chica y ahora se asentaba también en mi mente. Daba
vueltas entre mis ideas y, casi sin darme cuenta, mis ideas giraban detrás
suyo. Siempre me he mareado en los colectivos, pero nunca como esta vez. De
pronto tuve la sensación de que la idea del eterno retorno se hacía realidad en
esta simple historia, la historia de la punta de un paraguas. Todo daba vueltas
y volvía a comenzar. La punta del paraguas. La lectura del libro (que me
costaba entender y debía volver a empezar cada párrafo una y otra vez). La gente subía y luego
bajaba. Y muchos de ellos subían y bajaban cada día. Como yo. Por suerte
alguien se apiadó alguna vez de la gente común y dispuso los fines de semana.
Al menos tenemos un descanso para estos casi incesantes retornos. Como la
sangre que circula en mis venas, la
gente merodeaba por el colectivo cual glóbulos de este organismo de cuatro
ruedas. Y yo me sentí insignificante incluso en la vida del colectivo. Él
seguiría su rumbo hacia su destino y partiría en retorno hacia la otra
estación, una y un millón de veces. Yo me bajaría en mi parada y tal vez no lo
tocaría hasta dentro de semanas o meses. De pronto, el chofer apretó el freno y
la inercia probó su efecto con las cabezas de los pasajeros. Un hombre estuvo a
punto de caerse, pero logró aferrarse al caño al que estaba sujeto. Miré el
asiento de la muchacha, ahora ocupado
por una señora bastante mayor. La punta del paraguas no estaba. Me paré para
buscarla. La encontré cerca de la puerta del medio, la cual en ese momento se
abrió para dejar bajar a un joven de unos veinte años aproximadamente. La punta
del paraguas giró formando un ángulo de noventa grados y cayó. El joven se
percató de la caída. Antes de que el bondi siguiera su ruta, pude ver como el
chico la pateaba y ésta se metía por una boca de alcantarilla.
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