Hoy tuve un
sueño muy extraño. Laburaba en una escuela. Era fin de semana, y yo fui a
buscar algo (no sé qué). Pensé que iba a estar vacía, pero me encontré a un
chico dentro. Y éste no era cualquier niño, era algo especial. Implícitamente
yo ya tenía incorporado el panorama de la sociedad en que vivíamos: una
sociedad llena de miedo, donde la mitad de las personas sentíamos
constantemente el terror de encontrarnos con la otra mitad, integrada por
sujetos desquiciados, dispuestos a matar en cualquier momento y lugar. Este
chico era de ese tipo de personas. Intentó hacer de las suyas conmigo, pero de
algún modo logré eludir sus artimañas. Pude escapar del colegio y me fui
corriendo a mi casa.
Otro día, las
autoridades de la ciudad decidieron tomar medidas por la situación.
Construyeron un enorme edificio de infinidad de pisos donde mandaron a vivir a
toda la población. Es curioso, en el mismo momento en que lo construían nos
distribuían en los departamentos que según ellos correspondían a cada uno, con
un método más curioso aun. A la parte de abajo mandaban a los “malos”, a los
peligrosos. A la parte de arriba, a los “buenos”. Nos situaban en una
plataforma de la planta baja y ésta iba subiendo mecánicamente, mientras una
solapa se desprendía del suelo cuando llegábamos a un determinado piso y
empujaba a cuatro o cinco individuos dentro de la habitación. Nadie sabía qué
lugar se le había asignado, y todos deseábamos fervorosamente seguir subiendo
indefinidamente, pues sabíamos lo que esperaba a los que habitarían los pisos inferiores:
tratos inhumanos, comidas espantosas que estarían obligados a ingerir, trabajos
forzosos y más.
A mí y a mi
familia nos tocó una de las habitaciones de arriba. El lugar era hermoso: en
las paredes podíamos encontrar todo lo que quisiéramos, desde alimentos hasta
libros y entretenimientos. Para cada uno de estos pisos se había preparado el paisaje de un enorme
prado que se podía contemplar desde un
balcón bellísimo. Parecía el lugar ideal.
Pero había dos problemas.
Por un lado,
debíamos vivir casi aislados del resto del mundo. La sensación era una mezcla
entre la melancolía de perder el contacto con la gente que no formaba parte de
tu familia mas sí de tus seres queridos y la angustia de pensar en lo que les
estaría pasando a los que vivían debajo. El único momento en que podíamos tener
contacto con el mundo exterior era cuando salíamos a trabajar (aun debíamos
trabajar para mantener al país). Y ese momento constituía el punto más
tenebroso del sueño. Cuando uno salía, se podía encontrar con cualquier hombre
o mujer, incluso con los castigados. Pero claro, ahora no eran los mismos de
antes. Eran todavía peor. Las atrocidades a que estaban expuestos en sus
“hogares” los habían convertido en seres ya no desquiciados, sino absolutamente
monstruosos. Eran capaces de cualquier cosa. Cada día nuevo se presentaba como una nueva odisea a comenzar.
Las calles tomaban la forma de un patio inmenso en el que uno podía cruzarse
con cualquier clase de vecinos que quizá nunca en la vida
había visto. Todo el mundo se
concentraba en ese edificio, todo el mundo se dispersaba por el mismo patio.
La sensación
al despertarme fue casi tan extraña como el sueño. Por un lado percibí el
alivio de ver que fue solo una pesadilla. Por otro, la angustia como huella de
las sensaciones que me provocó. Cuando se lo conté a mi vieja, me dijo algo muy
interesante respecto al edificio.
-El cielo y el
infierno – su sonrisa sugería más que sus palabras.
-Qué raro –
contesté –. Hasta ahora pensé que retrataba la vida real.
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